No estoy fingiendo nada. Solamente he decidido pasar mi preciado tiempo con ellos y hacerlo sin dramas innecesarios. Y no les estoy haciendo un favor, solamente disfruto de su compañía y de lo que hacemos todos juntos.
No puedo explicarles que en enero el cuerpo me dijo: "Hasta aquí". Que sufría un dolor indecible en la cara que no se calmaba con ningún analgésico; que en una presentación pública mi boca se comenzó a torcer y me tuve que callar y sentar porque me sentía muy mal; que hay noches en las que no duermo porque alguna lesión duele demasiado; que a veces tengo tan hinchados los tobillos que me cuesta mucho caminar; que hay noches en las que escupo sangre junto con el reflujo que me asfixia.
No, no puedo explicarles todo eso. No quiero explicar todo eso.
No puedo explicarles que dejé las presentaciones públicas porque ya no quiero sonreír si tengo una lesión en la cara, si estoy cansada porque no dormí, que me falta paciencia para lidiar con el grueso de la gente. Y que tengo derecho a hacerlo. Que mi cara ya no es mi cara y estoy cansada de no saber quién se refleja en el espejo. Ser una por dentro y ser otra por fuera. Estoy harta.
Creo que hoy estoy cansada.
A los 46 años no dejé de trabajar porque se me diera la gana. Ya no podía, mi cuerpo ya no respondía a una jornada, ni siquiera de medio tiempo. No me jubilé por placer. Me he quedado en casa porque hay momentos en que el cansancio es demasiado.
Tengo el cuerpo arrasado en cicatrices. Y las cubro lo mejor que puedo para no perturbar a nadie.
Definitivamente, hoy estoy de malas.
Para mí, estas no son nimiedades. Es la hora de la verdad.
Mi hora de la verdad.
Créanme: estoy haciendo lo mejor que puedo.