miércoles, 25 de febrero de 2015

El pénfigo y la muerte I

Quiero referirme a la relación del pénfigo con la muerte en dos sentidos. 

El primero se refiere a un nivel personal: el pénfigo ha aparecido en mi cuerpo cuando he enfrentado la pérdida de personas queridas. 

En este sentido creo, pienso, que al enfrentar el proceso de agonía y la pérdida final de alguien a quien amo, mi cuerpo también entra en un proceso de disolución, de autodestrucción. La angustia tan tremenda de la agonía no se canaliza más que hacia mí misma, produciendo ese dolor tan extenso de perder la piel. 

De alguna forma, acompañas a la persona en su proceso de agonía con tu propia agonía. Su dolor es tu dolor. La impotencia tiene su máxima expresión en ese proceso de disolución, de deconstrucción de lo que te protege, de la capa que te mantiene separada de los demás, esa capa desaparece y estás ahí, vulnerable, con la sangre manando de cada parte de ti. 

Intentas racionalizar la pérdida, das las veinticinco mil explicaciones religiosas, espirituales y racionales a la pérdida, pero tu cuerpo va por su propio camino: el de la autodestrucción lenta y dolorosa. 

Te quieres perdonar por estar viva, pero tu cuerpo no va a permitir que eso sea fácil. 

¿En dónde está la llave que detenga este proceso de autodestrucción?
¿En dónde está ese perdón clemente que puede permitirte entrar en remisión, lamer tus heridas y seguir la fregada vida que te toca?
¿En dónde está ese punto en que se cruza tu cuerpo con tu mente y tus emociones, en el que logras superar la angustia, la pérdida, el dolor y puedes seguir adelante?

No lo sé. Lo he encontrado dos veces antes, pero no recuerdo cómo. 

Por eso escribo este diario. Porque quiero recordar cómo logré entrar en remisión las otras dos veces. No lo logro recordar, no lo sé. 

No sé siquiera si esta vez lo lograré superar. 

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