lunes, 9 de marzo de 2015

El día que dejé de luchar

Fue un día a finales de enero, en el que me pregunté: ¿Por qué estoy luchando tanto?, ¿por qué hago tanto esfuerzo por parecer una persona sana?, ¿por qué estoy bregando por poder cumplir lo que no puedo cumplir? 

En fin: ¿Por qué tanto afán?

Hice cuentas de hasta dónde estaba: mi hijo, ya grande, haciéndose a sí mismo sin mi ayuda; sin deudas que me ahorquen; sin tener la obligación de mantener a nadie más que a mí misma y chinear mi enfermedad. 

Toda mi vida anterior había sido una lucha constante. Pero me di cuenta de que eso había pasado. 

Estaba ante mí, un panorama diferente. Ya no tenía que probarle nada a nadie. Ya no tenía que defender la sobrevivencia de nadie, más que de mí misma.

Por fin, era libre. A pesar de las limitaciones de la enfermedad, era libre de retirarme de esa lucha constante, de estar siempre en pie de guerra (¿defendiendo qué?), de obligarme a hacer cosas que no quiero hacer. 

Y me retiré a mi casa. Me encerré en mi refugio. Cuando me sentía mal, me acostaba. Cuando tenía sueño, me dormía. Cuando tenía insomnio, me levantaba y leía. 

Veo solamente a la gente que quiero. Ya no arrastro mi cuerpo a lugares en los que no encajo, con gente que no me comprende. 

Con el pénfigo seborreico, hay días buenos y días malos. Sin embargo, puedo decir: he dejado de luchar y soy feliz. 


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